
Cuando cumplí 12 años sufrí uno de los mayores traumas de mi vida: en una revisión me detectaron miopía, de las gordas, heredada de mi abuela paterna, la que ya os conté alguna vez que aún con su artrosis llevaba siempre pintadas las uñas de los pies. Lloré durante días, me imaginaba como la más tonta de la clase por llevar gafas de concha, y se lo achacaba sin duda a mi profunda afición por la lectura, tanto que por un momento pensé que si no volvía a leer ni una línea la miopía se curaría por sí sola.
Pues no ocurrió así, pero esta niña traumatizada descubrió que su especial mirada de miope era importante para no perder curiosidad por las cosas. Las lentillas llegaron un buen día y todo quedó olvidado.
Y ahora descubro que eso de las gafas de pasta está de moda, que la gente es capaz de usarlas porque se llevan (¿?). se trata de una tribu urbana, los gafapasta, dícese del miembro perteneciente al grupo cultureta snob cuyo virus surgió en los museos de arte moderno, para extenderse a todas las esferas sociales.
Gafapasta analizando la última de Lars Von Trier
El símbolo por excelencia son sus gafas de pasta. Aunque no las necesite, el gafapasta se escuda en ellas para enseñarnos a los demás su particular visión del mundo, un mundo que los demás no llegamos a ver.
Su pelo está despeinado, desaliñado, y cortado a tirones. Pero no te engañes, es un look estudiado al milímetro. Su ropa, aparentemente fuera de toda tendencia, es una falacia: sus centros de consumo son los mercados más alternativos de las ciudades, donde se compra vaqueros y camisetas de marcas japonesas impronunciables y desconocidísimas para el común de los mortales. Lo único archirreconocible de su look son sus sucias all-star, de todos los colores imaginables.
El gafapasta en su versión femenina
El gafapasta es un post-consumista, que no comunista. Desde CDs, DVDs, ipod, iphone, wii, libros, conciertos, todo tipo de consumo vinculado a la cultura. Pero cuidado: un gafapasta no se va a comprar cualquier libro, si no es el libro que dicen los líderes de opinión gafapasta que toca esa temporada.
Hasta existen logos gafapastas (FIB)
Pero las grandes obsesiones del gafapasta son:
- Tokio, la meca del gafapasta. Lo que no sabe el gafapasta es que los japos están a años luz en cuanto a modernidad, y los mirarán como cuando nos encontramos en el metro a un clon de Paco Martínez Soria.
- Performances. El gafapasta no va al teatro, va a performances.
- Cuadro con un punto negro: el gafapasta es capaz de pasarse media hora mirando un cuadro así para decirte al final que “el concepto del autor gira en torno a lo efímero de la vida y la subjetividad de la distancia entre los puntos” ¡toma ya!
- El Reina Sofía, pero por supuesto entre semana, el gafapasta no va los sábados, que es cuando van las familias con niños, qué horror, ¡mezclarse con los monstruos cuellicortos!
- Ikea, todo se lo compra allí, en aras de su supuesta exclusividad y modernidad. Por supuesto, critica que estén en el extrarradio (qué vulgaridad, como puede la gente vivir en estas urbas de adosados, es el fin del mundo!). Si puede aprovecha para preguntar a alguna de esas madres desesperadas que carga una billy con un brazo y un bebé gritón en el otro “y vosotros, ¿qué día de la semana vais a la filmoteca?”
- Lo suyo es lo independiente. La música independiente, el cine independiente, el arte independiente, lo que parece que no les gusta tanto es la gente independiente, pues muchos siguen viviendo con sus padres, eso sí, de manera independiente (tienen su propio cuarto).